Un día particular

Mucho se ha comentado ya sobre el día de muertos: que si es una fiesta muy bonita, que si el mexicano convive con su propia muerte, que si los extranjeros se horrorizan, que… en fin, no es para menos con una celebración tan compleja y tan fascinante.
Todos en el mundo tenemos algún sentimiento respecto a la muerte, bueno, más bien sobre la muerte cercana, la que sí convive con nosotros; ya sea el fallecimiento de algún familiar o un amigo o bien, la reflexión sobre nuestro propio fin. Es esta la muerte que conocemos, de la que podemos hablar porque la hemos experimentado, no así con la muerte en abstracto. Esta es la muerte ajena, la de los que no conocemos, la que leemos en las noticias o en los libros, la que sólo podemos imaginarnos.
Es precisamente la imaginación la que hace tan especial este día. Mientras los panteones se llenan de luces y colores gracias a las velas que marcan el camino que los muertos deben realizar para regresar con sus familiares, los mercados surten flores, papel picado y calaveritas de azúcar o chocolate; la muerte se hace presente en esqueletos de cartón y juguetes.
Supongo que en eso radica el encanto de estos días: olvidar la cercanía de la muerte imaginándola, celebrándola, llenándola de colores y de imágenes que sean agradables a nuestos sentidos, de modo que, matizándola, podamos sobrellevarla.
8 noviembre 2009 a 22:56
Creo que tienes razón: a mí me gustaba el día de muertos cuando no se me había muerto nadie. Como esos procesos de recuperación me parecen tan difíciles, no entiendo el afán de la gente de quererse recordar que la gente ya no está físicamente y que tons hay que ponerle el mezcalito que ya no se puede tomar y el cigarrito que ya no se puede fumar. Se dice que el mexicano se ríe de la muerte pero yo creo que más bien tiene una relación muy perversa con el sufrimiento. Yo paso. Lo único que respeto de este festejito es el pan de muerto.